Despedida del curso 2020-2021

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Hoy se acaba, al menos con alumnos, un curso especial. Los profes nos quedamos aún unas cuantas semanas más, a pesar de que haya gente que piensa que ya estamos de vacaciones y tenemos “tres meses” por delante de vacaciones y no pensar en nada más. (A mí no me salen las cuentas, pero eso es otra historia de otro día).

Sin embargo, llego a casa con un sabor agridulce. Hemos tenido diez meses de relación con unas personitas a las que hemos intentado darles lo mejor de nosotros. Poco a poco les hemos ido dando parte de nuestra vida, hemos intentado hacerles partícipe de toda esa sapiencia, que poca o mucha, tenemos, de nuestra asignatura, de la vida, de valores, de experiencia. Lo malo, es que cuando llega un día como hoy, echas la vista atrás y te das cuenta de esa devaluación de tu trabajo. Lo confieso, no he sabido hacerlo mejor; quizás no tenga conocimientos de psicología, pero he puesto en marcha toda esa maquinaria que tengo dentro. Desconozco la labor de un domador, y también he intentado controlar a las fieras como he podido. No soy madre, y he intentado serlo con todas esas personitas que estaban a mi cargo. No sé de la vida más que lo que he aprendido a mis 43 años y es por ello que he intentado alentar a esos chavales a que aprendan, a que luchen, a que sigan buscando esos sueños que tanta fuerza a mí me han dado para seguir caminando por la vida, con la cabeza bien alta y con la sonrisa siempre puesta en mi cara, como la mejor carta de presentación que podía dar por la calle.

Y se me escapa la lagrimilla al pensar que esas personitas con las que tantos momentos has compartido, no se acordarán de ti, o sí, ¿quién sabe?  al año que viene. Te desean buen verano y felices vacaciones, pero sigues pensando que algo de poso tuyo se ha quedado en ellos.

Y llegan las evaluaciones, a lo largo de las semanas anteriores, y ves cómo, injustamente, alumnos con cuatro asignaturas suspensas tienen las santas narices de reclamar un título que, según ellos, ahora por ley, les corresponden. Y es entonces, cuando me enojo y creo que estamos construyendo “borregos”. ¿Cómo puede ser que la “ley Celaa” nos baje tanto a los infiernos? ¿Para qué nos piden que demos unos mínimos de contenidos, aconsejemos a esos chavales, les acompañemos en su camino anual por el instituto, si después, pase lo que pase, les van a dar un título que no se lo merecen? ¿Cómo puede haber padres que acompañen de la mano a esos hijos que merecen una regañina en lugar de un título de bachillerato o de la ESO? ¿Si a lo largo de diez meses han sido incapaces de acudir a un examen de una asignatura, presentar un trabajo, hacer unas láminas de dibujo o simplemente, hablar con el profesor de la asignatura en cuestión, quieren que ahora le demos un título que exige madurez, formación, valores, respeto, cultura? ¿Así cómo se van a presentar frente a la vida? ¿O es que cuando tengan 25 años y les echen una bronca en el trabajo, también sus padres irán a exigir a ese jefe que se disculpe ante su hijo? ¡Señores, un poco de respeto a los profesores, a los equipos directivos, a la labor docente, a la enseñanza, e incluso, me atrevería a decir, a su propio hijo! Exíjanle a él esfuerzo, trabajo, amor propio, disciplina, lucha, sueños… porque eso, queridos padres, es lo que va a hacer de él, una persona madura, luchadora, fuerte, para poder enfrentarse a su vida.

Quizás sea difícil de creer, pero el run run de lo que tenemos en clase, nos lo llevamos a casa. Una madre que no acepta la expulsión de su hija: por muy grave que haya sido lo que ha hecho, la culpa siempre es del profesor, nunca de la niña; unas lágrimas derramadas por dentro de ti, cuando hablas con tu grupo, con tus niños, intentando zarandearles mentalmente para que tu mensaje les entre, de alguna manera, pero que les entre, que despierten de su letargo, que espabilen, que luchen, que chillen, que se pongan de pie, den un puñetazo en la boca y digan “puedo, por tanto, lo voy a conseguir”. Agachan la cabeza, se callan, y cuando toca el timbre, ves que nada ha cambiado, que vuelven ellos, esos niños-adolescentes, que solo ven la parte bonita de la vida, la que es un camino de rosas rojas, preciosas, hermosas, maravillosas. Pero algún día escuché: si aceptas una rosa, has de aceptar sus espinas. Eso es la vida, rosas y espinas, tal cual, nada más. Y como tal, hay que saber sonreír y apreciar una rosa, y agarrarla de tal manera que no te pinches con las espinas. Incluso, si te pinchas, que no se te caiga la flor; simplemente, se deja y te curas, para luego, volver a agarrar la rosa y disfrutar de nuevo de esa maravilla de la naturaleza.

Me disculpo ante ustedes si no he podido dar más en este año “infernal” en el que hemos tenido que ser psicólogos, jueces, profesores, amigos, domadores, padres, hermanos a veces y, después de todo eso, profesores. Mi pequeña personita no ha podido llegar a todo lo que ha querido; lidiar con la covid-19, mascarilla, asignatura de física y química, problemas graves de mis tutorandos, burocracia vacua, papeles y más papeles, cansancio, tristeza en ocasiones… Ojalá fuera una súper heroína con poderes mágicos y fuerza inacabable y pudiera estar siempre al pie del cañón con las pilas cargadas. Pero soy humana y no he podido. Sí que lo he intentado, pero no he podido.

Solo espero que después de esta experiencia, alguien, aunque solo sea una o dos personas, se haya quedado con algo bueno de lo que le he enseñado, y no hablo solo de mi asignatura. Que alguien, en algún momento de su vida diga eso de «mira, Ana tenía razón en esto que nos repetía siempre». Cada uno de vosotros tendréis un trocito de corazón mío reservado, aunque no volváis nunca a verlo ni a sentirlo. Solo con eso, pese a lo que digan los ministros de educación que vayamos teniendo a lo largo de la historia, nuestra labor como docentes habrá merecido la pena.

Gracias a todos esos compañeros y compañeras que habéis estado ahí, en silencio, pero siempre habéis sido compañeros de sonrisas, penas y alegrías. Me habéis dejado ser como soy, loca y alegre, romántica y soñadora, terremoto y maremoto castellana. Y gracias a vosotras, compañeras de departamento; que habéis ido descubriendo parte de mi vida y de mi corazón. Que siempre me habéis mostrado la parte más humana de vosotras, que me habéis dejado despotricar cuando lo necesitaba, chillar cuando me hacía falta, e incluso decir algún taco, que no es propio de mí, cuando venía mosqueada de alguna clase. Gracias a esas dos súper compis, una ya descansando, que se lo merece, que me habéis allanado el camino para el año que viene, que me habéis entregado sin medida todo vuestro trabajo sin pedirme nada a cambio, que nunca me habéis puesto una objeción a nada. ¡Gracias por hacer más fácil mi trabajo, mi sueño de seguir enseñando y mostrarme esa realidad de que, en el mundo, le pese a quien le pese, hay mucha gente buena dispuesta a ser magníficos profesores y personas! Gracias a la profe de informática más molona, compi de zumos espirituosos y de risas y guiños a la vida. Gracias a ti, compañera de batallas a lo largo del curso, con muchas alumnas con problemas que se escapan de nuestra realidad de cuento; gracias por esos malos ratos, pero que sabemos tú y yo, que quizás, solo quizás, hemos conseguido dar un giro en la vida de estas personas. Gracias al equipo directivo, porque de verdad, lleváis el barco con elegancia, sabiduría y mucha paciencia. Y gracias a todos y cada uno del resto de compañeros que habéis hecho que estos dos años en este instituto, se queden, para siempre, en mi corazón. Ha sido un placer ser el pequeño timón en la vida de muchos alumnos, pero también, ser la compañera de todo este grupo valiente, luchador, vocacional, trabajador y fuerte de profesores, siempre siempre, dispuestos a aportar vuestro granito de arena en pro del alumno.

Sinceramente, GRACIAS, COMPAÑEROS Y AMIGOS.

Artículo elaborado por Ana Belén Llusá, profesora de la asignatura de Divulgación Científica del IES Penyagolosa de Castellón que ha llevado adelante el proyecto Revista Escolar Digital (RED).

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