¿Y si el agua tuviese el mismo precio que la gasolina?

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Si el agua llegase a tener el mismo precio que la gasolina, tendríamos que replantearnos muchas cosas

La Organización Mundial de la Salud (ONU) hace tiempo que anunció el problema que se avecina en las próximas décadas con la escasez de agua. Para ello, ha puesto algunos ejemplos que visualizan la magnitud de ese problema. En los países del mal llamado «primer mundo», cada ciudadano emplea más de 6.000 litros de agua al día. La producción de un filete de ternera precisa de 7.000 litros de agua y la de un kilo de arroz de 2.000. Incluso aquí, en el acomodado «primer mundo», ¿podríamos comer carne muy a menudo con el agua a precio de gasolina?

¿Es posible que el agua llegue a ser un producto tan caro como el petróleo? Algunos llevan mucho tiempo haciendo todo lo posible para que esto llegue a suceder, como atestiguan las recientes noticias.

La noticia de que el agua va a empezar a cotizar en el mercado de futuros solo es la consecuencia lógica de lo que viene sucediendo desde hace tiempo. Una noticia que revolucionó hace unas semanas las redes sociales. Una efervescencia que pronto dejó paso a la borrasca Filomena, al aumento de casos de coronavirus por las fiestas navideñas y al asalto del Capitolio para que este tema quedara olvidado. Se cumplió a la perfección una de las funciones que las redes sociales cumplen para el capitalismo: canalizar la rebeldía de los ciudadanos para convertirla en inocua.

Como decía, esta salida a bolsa del agua dulce es solo un paso más a lo que desde hace algunos años algunos países (China, Arabia Saudí, Japón, India, Corea, Suecia, Estados Unidos, Rusia, Kuwait, Brasil,…), multinacionales e “inversionistas” están haciendo. Se han estado dedicando a comprar grandes superficies de tierras fértiles, principalmente en amplios territorios de África, en los que la tierra es muy barata. En estos últimos años se calcula que más de 50 millones de hectáreas de terrenos agrícolas (la superficie de Camerún o Marruecos) han pasado a manos de empresas y gobiernos extranjeros. En algunos países africanos y sudamericanos, más del 50% de sus tierras agrícolas están ya en manos extranjeras. La intención declarada es (era) dedicarlas a producir alimentos para su población a menor coste (o directamente porque no queda superficie cultivable en países como los del Golfo Pérsico) o para dedicarlos a cultivos industriales como los biocombustibles. Mientras las tierras se dedican a esos cultivos industriales, algunos de esos países necesitan ayuda humanitaria para alimentar a la población. Los efectos de estos cambios de cultivos sobre la población de estas zonas daría para otro artículo, pero ahora nos interesa continuar analizando la evolución de estas compras.

Resulta que esta deriva acaparadora de zonas agrícolas sufrió un sutil cambio de preferencias en su objetivo final. La prioridad dejó de ser las áreas con sustratos más fértiles, que aseguren mejores rendimientos económicos. La preferencia pasó a ser el agua. Las tierras más apetecibles para los “inversionistas” han pasado a ser desde hace tiempo las que tienen la capa freática alta, es decir las que mejor acceso tienen al agua almacenada en acuíferos subterráneos. En África se encuentran 6 de los 10 acuíferos más grandes de la tierra y han sido el nuevo objetivo de estas compras.

Lo que se consideraba un derecho, ha pasado a ser un mercado internacional, aunque esté escrito en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en los artículos 11 y 12 del Pacto Internacional de los Derechos Económicos, Sociales y Culturales:

11. Los elementos del derecho al agua deben ser adecuados a la dignidad, la vida y la salud humanas, de conformidad con el párrafo 1 del artículo 11 y el artículo 12. Lo adecuado del agua no debe interpretarse de forma restrictiva, simplemente en relación con cantidades volumétricas y tecnologías. El agua debe tratarse como un bien social y cultural, y no fundamentalmente como un bien económico. El modo en que se ejerza el derecho al agua también debe ser sostenible, de manera que este derecho pueda ser ejercido por las generaciones actuales y futuras.

12.En tanto que lo que resulta adecuado para el ejercicio del derecho al agua puede variar en función de distintas condiciones, los siguientes factores se aplican en cualquier circunstancia: 

a) La disponibilidad. El abastecimiento de agua de cada persona debe ser continuo y suficiente para los usos personales y domésticos. Estos usos comprenden normalmente el consumo, el saneamiento, la colada, la preparación de alimentos y la higiene personal y doméstica. La cantidad de agua disponible para cada persona.

b) La calidad. El agua necesaria para cada uso personal o doméstico debe ser salubre, y por lo tanto, no ha de contener microorganismos o sustancias químicas o radiactivas que puedan constituir una amenaza para la salud de las personas. Además, el agua debería tener un color, un olor y un sabor aceptables para cada uso personal o doméstico.

c) La accesibilidad. El agua y las instalaciones y servicios de agua deben ser accesibles a todos, sin discriminación alguna, dentro de la jurisdicción del Estado Parte.

Declaración universal de los derechos humanos.

Los gobiernos extranjeros, las grandes corporaciones, los fondos de inversión, de pensiones, las entidades de capital riesgo y el resto de organizaciones que caramelizamos con el seudónimo los mercados, decidieron hace tiempo que había llegado el momento del agua. El momento de especular con el agua. El agua potable (un derecho fundamental reconocido por la ONU) ahora ha comenzado a cotizar en el mercado de futuros de Wall Street, pero algunos ya hace mucho tiempo que tomaron posiciones, acaparando su control. Ya se sabe que cuando a los mercados se les pone algo entre ceja y ceja al final se salen con la suya. Así que si se empeñan en que el agua alcance el precio del petróleo para poder “hacer negocios” con ella, lo conseguirán sin preocuparles las consecuencias para la población.

Las tensiones que ha provocado en los últimos tiempos en América latina el Acuífero guaraní (el tercero más grande del mundo) que es compartido por varios países y en el que muchos otros (Estados Unidos, China y varios europeos) están desde hace años defendiendo sus intereses, es un ejemplo de lo que puede pasar a partir de ahora en otros puntos del planeta.

La única opción que queda es cambiar el estilo de vida de los países ricos, por uno más sostenible hidráulicamente. Un estilo de vida que no abuse como hasta ahora del agua, de modo que esta deje de ser tan apetecible para los que deciden qué es negocio y qué no. Para ello habrá que buscar nuevas formas de producir alimentos (el 70% del consumo de agua se emplea en ese fin) y evitar que el 30 % de esos alimentos acaben en la basura y con ellos las cantidades ingentes de agua que se emplearon para producirlos.

De lo contrario, no nos quedará más remedio que dar por buena la predicción de que en 2025 dos tercios de la población (4.000 millones de habitantes) sufrirán limitaciones en su acceso al agua potable.

Con la colaboración de Miguel Torija, profesor de tecnología del IES Penyagolosa.

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